*Mogwai: Crear y Destruir Universos

Por Julio Saavedra (@merobolosdiscos) / Fotos, Gustavo Muñoz Darlic

En una situación normal, la academia aconsejaría dar nombres, ir canción por canción, explicar detalles, diseccionando, desgranando los puntos fuertes, y partiendo a palos los momentos mediocres. El concierto que dio Mogwai el pasado viernes en la Cúpula, no se merece eso. Lo de los escoceses fue una presentación de 4 canciones, y tres de ellas empezaron después del bis, no importa lo que digan los listados que rotaban desde días antes en varios blogs, lo que paso durante la primera hora y media en el Parque O´higgins, era una sola canción segmentada en actos, como un concierto de piano, una propuesta de John Cage donde los silencios, los amplificadores que no aguantaron y los “gracias” en castellano del guitarrista Stuart Braithwaite también valen, porque al final todo era parte de lo mismo.

Mogwai no vino a Chile para presentar una seguidilla de singles al modo de un “grande éxitos”, ellos querían llegar a un punto y lo lograron, ofreciendo una situación holística, donde el todo fue muchas veces superior a la suma de las parte. Para esto, los escoceses construyeron un viaje a través de un directo tan sicodélico como bruto (admirables esos rasgueos de motor Ford que a veces los emparenta a The Queen of the Stone Age), ensoñador, incluso por momentos tedioso, pero todo era parte de un plan mayor que incluía un sección de luces digna de Jools Holland, un sonido sólido y a un público paciente, que sabía que hoy no iba a ser defraudado, hoy no.

Uno o dos minutos antes del gran estallido, un tipo muy bien intencionado gritó ¡BRAVO!, desde el fondo de su sinceridad. Así como unos 3 o 4 pares de manos salieron a apoyar, 10 o 15 bocas pidieron el silencio. Hicieron bien, ese letargo no debía ser interrumpido. Y es que desde que tuve la oportunidad de ver a Philip Glass hace un par de años, que no estaba frente a grupo de espectadores tan leal, tan ansioso en el buen sentido, tan enterado de lo que estaba pasando, la antítesis de quienes ningunearon a Kraftwerk durante las presentaciones que encabezó Radiohead el 2009. Esta vez los espectadores fueron en buena medida cómplices de que el viaje llegara a buen puerto.

Y de lo que estoy hablando finalmente es que después de subirnos, bajarnos, hacernos bailar con el cuello y adormilarnos en un sonido amniótico, Mogwai lo hizo. El orgasmo contenido por más de una hora y media se convirtió sin aviso en una nueva Nagasaki, el bajo, las guitarras, la batería, las distorsiones, las luces estroboscópicas y las otras, todo al máximo y de frente a nuestros sentidos, una violencia atronadora que dio sentido a los protectores de oído que nos pasaron al entrar. El Big Bang hizo dar un salto, quemó tímpanos y pupilas, y yo miraba y me decía “Por favor señor, que se acabe ahora, que sea perfecto, que se acabe ahora”, hipnotizado por la crudeza, como todos los demás en la Cúpula. Dos minuto después, los rever empezaron a descender desde esa hecatombe hasta llegar al silencio y uno de los últimos “gracias”. Desde el principio el plan era hacernos dormir sólo para despertarnos con una patada en el hocico construida a base de afecto. El concierto había terminado, luego, vinieron otras 3 muy buenas canciones.

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